
Se conocieron en Miami, pero su historia les llevó a celebrar el gran día aquí, en Madrid, en La quinta de Jarama. Claudia es madrileña, Pascuale es italiano, y quisieron que su boda tuviera un poco de ambos mundos.
La pedida de mano, cómo no, fue en Italia, y desde entonces todo giró en torno a ese hilo que une los dos países. Por eso, no faltaron los guiños italianos en el cóctel, la música o la fiesta, que convirtieron la celebración en una jornada alegre y llena de estilo.
A las 12 del mediodía, la Parroquia de San Francisco de Borja acogía una ceremonia emotiva y sencilla, rodeada de familiares y amigos. Después, todos se trasladaron a La Quinta de Jarama, donde el jardín los esperaba con una decoración preciosa y un ambiente relajado,
Aunque llovió, nadie quiso moverse del exterior. Bajo las grandes sombrillas que protegieron a los invitados de la lluvia y el porche añadió más encanto al día.
Las estaciones del cóctel fueron todo un éxito: Aperol Spritz, Martinis, Campari con naranja, cócteles de champán, y delicias como vitello tonnato, ostras, zamburiñas, langostinos y una barbacoa muy animada.
El salón se llenó de tonos otoñales, flores frescas y calabazas que daban un aire acogedor y elegante gracias a Marengo. Cada detalle estaba pensado para mantener ese equilibrio entre lo natural y lo festivo.
Tras la comida, la boda fue transformándose poco a poco en un ambiente más distendido. Las mesas altas aparecieron en el jardín, la banda comenzó a tocar y la energía cambió por completo.
El grupo de música en directo creó el ambiente perfecto para disfrutar del tardeo, con una mezcla de temas italianos y clásicos que animaron a todos a bailar y brindar bajo las luces del jardín.
Entre risas, cócteles y conversaciones, los invitados disfrutaron de helados artesanales, palomitas y una barra libre que se mantuvo abierta durante toda la tarde. Fue un momento de desconexión total, donde la celebración se convirtió en una auténtica experiencia compartida.
A las 21:30 comenzó la cena tipo estaciones-buffet, pensada para que cada invitado se moviera a su ritmo, probando distintas propuestas gastronómicas y compartiendo momentos entre amigos.
El ambiente se mantuvo vivo, entre velas, música y brindis, hasta que la noche se convirtió en fiesta.
La pista de baile fue el último escenario de un día que lo tuvo todo: emoción, buena comida, diversión y mucha autenticidad. Hasta las dos de la madrugada, la celebración continuó con el mismo espíritu alegre y relajado que la definió desde el principio.
Una boda que demuestra que las bodas de tardeo han llegado para quedarse: celebraciones que evolucionan con el día, llenas de ritmo, detalles y momentos que se disfrutan de principio a fin.
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